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HINDUISMO Y ECOLOGIA - de Ranchor Prime

CAPITULO 8: ECONOMIA ALDEANA - GANDHI

La búsqueda incesante de las comodidades materiales, y su multiplicación, es un mal. Me atrevo a decir que los europeos tendrán que repensar su visión, si esperan evitar morir aplastados por el peso de las comodidades por las cuales se están esclavizando. (M. K. Gandhi)

Del Hinduismo tradicional, pasemos al siglo veinte. Durante los últimos 150 años India ha experimentado enormes cambios, totalmente distintos a los ocurridos en otras partes del mundo. Las tradiciones de la cultura hindú, que no habían cambiado en milenios, han sido reemplazadas por influencias provenientes de culturas y visiones totalmente diferentes. Sin embargo, una de las grandes fortalezas de la vida tradicional de la India ha sido sus aldeas. Han manifestado en la práctica muchos de los principios delineados en la primera parte de este libro.

Mohandas Gandhi, conocido por sus cercanos como ‘Mahatma’, que significa ‘alma grande’, amaba las aldeas indias. Estimaba que eran la llave de la felicidad y prosperidad de la nación. Enfrentado por poderosas fuerzas políticas y económicas, luchaba valientemente de preservar su estilo sencillo de vivir. Es el comportamiento económico de una sociedad que determina la manera en que trata su tierra y recursos naturales, Por esta razón cualquier discusión de valores ambientales necesariamente debe abordar el tema económico. La economía aldeana de la India ofrecía un ejemplo práctico de un estilo verdaderamente ecológica de vivir la vida.

El significado original del término ‘economía’ es ‘manejo del hogar’. Ello constituye no tanto una ciencia como una arte, entregada de padres a hijos: cómo cultivar y preparar el alimento, cómo producir la tela, cómo construir y mantener un refugio sencillo; cómo unir fuerzas con los demás seres, incluso con los animales, a fin de alivianar la carga de la lucha por sobrevivir. Todo aquello se aprende de la misma manera que el lenguaje – de forma orgánica, por el acto de participar y compartir la experiencia. No existe un punto en el cual el niño o el adulto puede asegurar, ‘Ahora, he terminado de aprender la economía,’ porque el conocimiento sobre cómo vivir de una manera correcta no tiene fin, ni comienzo. Es un fluir de experiencias, entregado de una generación a otra, y de ello han surgido tantas diferentes ‘economías’, o formas de vivir, como existen climas, terrenos y pueblos en el mundo.

En los últimos siglos, este fluir de sabiduría adquirida ha sido interrumpido. Primero sucedió en Europa, luego la interferencia se diseminó a causa del domino colonial y comercial hasta llegar a todos los continentes. Se introdujeron en el ciclo de la vida nuevas fuentes de conocimiento ajeno, provenientes desde fuera del círculo de la familia y la comunidad. Como resultado, la vida económica, que se había mantenido desde tiempos inmemoriales gracias al pasar continuo de la vida humana por la tierra, se desequilibró. La norma dorada de la economía aldeana siempre había sido, que lo que uno extrae siempre debe ser devuelto, y lo que uno devuelve a la tierra será a su vez devuelta nuevamente.

En la actualidad, la humanidad ha llegado hasta un punto en donde está extrayendo sin devolver nada. Tomamos las bondades de la tierra, pero le estamos devolviendo veneno. Como consecuencia, estamos recibiendo el mismo veneno devuelto desde la tierra. Si deseamos resolver los problemas ambientales que ahora nos acechan, debemos examinar la conexión que existe entre nuestra tierra y nuestra manera de vivir en ella. Una manera de vivir no existe en un vacío. Se basa en una manera de pensar, en una filosofía de vida.

Gandhi reconoció esta verdad. Creía que sería imposible lograr cambios en la sociedad sin conseguir cambios en su comportamiento. Cambiar la forma en que la gente actúa significa cambiar la manera en que piensa. Por ello, el objetivo principal de Gandhi era modificar la filosofía de vida de la gente.

No quería identificarse con ninguna religión determinada. En un país lleno de conflictos entre musulmanes e hindúes, siempre trataba de aparecer imparcial. También había sido influenciado por el cristianismo, y tenía muchas amistades cristianas, pero él era esencialmente hindú. Su nombre, Mohandas, significa ‘siervo de Krishna’. Su libro favorito era el Bhagavad Gita, siempre le acompañaban las palabras ‘O Rama’, y murió pronunciándolas.

La filosofía de vida de Gandhi, por tanto, se arraigaba en la tradición hindú, y por ello él tuvo un profundo impacto en la sociedad hindú en este siglo. Se criaba vegetariano y cuando joven decidió adoptar el principio de la no-violencia, en su sentido más profunda, como el norte de su vida. Su concepto de no-violencia implicaba más que no dañar a otros físicamente o ser vegetariano. Era más bien un código de caballerosidad que requería que ninguna otra persona tuviera que sufrir inconveniente alguno por su culpa. Significaba que solo podía tomar del mundo lo que le era absolutamente necesario, porque si tomaba más estaría privando a otro. También significaba que no debería pedirle a otra persona nada que no estaba dispuesto a pedirse o a sufrir él mismo. Creía que la independencia que tanto anhelaba para India solo podría ser alcanzada por medio de esta no-violencia. Si se expulsaran los británicos de la India por medio del terrorismo y el homicidio, solía preguntar, ‘Quien gobernaría en su lugar? La única respuesta era, los homicidas. ¿Quién entonces va a estar feliz?’

Por lo tanto, decía que la independencia se conseguiría enseñándole al pueblo indio como vivir de manera simple y positiva y, sobre todo, no-violenta. Estimaba que la obediencia al dominio británico se debía más a los indios que a los británicos, pues no podían controlar el país sin su cooperación. ‘Los inglese no han tomado la India,’ decía, ‘nosotros se la hemos regalado. No están aquí debido a su fuerza sino porque nosotros los mantenemos.’ La gente solo tenía que retirar su colaboración, de manera apacible y sin violencia, y los ingleses tendrían que marcharse.

En consecuencia con la tradición hindú, enseñaba que la vida debe ser vista como un todo, y que cualquier intento de cambio exterior debe ser acompañado por un correspondiente cambio interno. La auto-determinación de la nación no se conseguiría sin el auto-control del individuo. El público no podría actuar de manera no-violenta hasta que el individuo aprendiera a hacer lo mismo. Por esta razón, la moral y ética personal constituían la raíz de cualquier cambio.

Según la filosofía de Gandhi los problemas ambientales y ecológicos de hoy tienen sus raíces en el comportamiento y actitudes individuales de la gente. De la misma manera que decía que el individuo era el responsable de la permanencia de los británicos en la India, tendríamos que admitir que los responsables de la crisis no son los gobiernos o empresas grandes, sino que somos nosotros, los pueblos – porque somos los pueblos que ‘los mantenemos’.

Todos somos cómplices en la destrucción de la naturaleza, porque todos acordamos beneficiarnos por la explotación de lo que se extrae de ella. Por ello, no bastaría llamar a otros a que no corten más selva o emitan más CO2 de sus chimeneas, a menos que nosotros estuviéramos dispuestos a hacer sacrificios similares. Tampoco bastaría usar combustible sin plomo o autos ecológicos, pues tales medidas no enfrentan el problema. Solo nos permiten mantener nuestras costumbres de derroche, posponiendo el momento de la verdad. Tendríamos que encontrar una alternativa al auto mismo, y al estilo de vida occidental que está basado en él. Esto, sin duda, requeriría un alto grado de sacrificio personal y compromiso de voluntad política pública.

Gandhi insistía en esta necesidad de compromiso y acción individual, y en último término de cambios personales. Llamaba a esto ‘swaraj’ - auto-dominio o independencia personal. Para él, tenía un significado mucho más profundo que la mera independencia política.

‘Swaraj es una palabra sagrada,’, escribió,’que significa auto-dominio y auto-control – no la liberación de todo control, que muchos entienden por independencia.’ Entonces, si nosotros … quisiéramos independizarnos no solo del poder de una nación, sino de la red internacional de intercambio comercial y desarrollo industrial que tiene cautivo a nuestro mundo como rehén económico, y nos obliga a participar en su destrucción, primero que nada tendríamos que alcanzar el auto-dominio y auto-control.’ Tendríamos que aprender a vivir de manera más simple, una manera que no demandaría el consumo de recursos naturales a esta velocidad de pesadilla. Cada uno de nosotros tendría que estar preparado para trabajar para ganarse su porción justa de los recursos de la tierra.

Gandhi enseñaba cuan valioso es el trabajo, y cuan nefasto el desperdicio. Laborar no es algo que hay que evitar, es algo que aporta dignidad y auto-realización al ser humano. El mayor pecado es el derroche. Uno solo debe tomar de la tierra lo que necesita, y nada más. Estas dos últimas ideas se basan directamente en las enseñanzas del Bhagavad Gita.

Por estas razones se oponía a la industrialización. Desperdicia recursos y le quita el trabajo de la gente. ¿Cuál es el objetivo de dispositivos mecánicos que ahorran trabajo cuando dejan a la gente sin trabajo? ¡Y el trabajo honesto es la vía hacia la perfección! El dominio inglés en India se basaba en explotar sus recursos. El algodón, madera y otras materias primas se llevaban a las fábricas británicas para ser vendidas de vuelta en la India. El efecto era de destruir la economía tradicional interna del país. Aquel hilo de la sabiduría hogareña que enseñaba el arte de vivir en este mundo – la verdadera economía – se cortó en su raíz, en la aldea. Vinoba, el seguidor de Gandhi, lo explicaba claramente …

La plantación al frente produce algodón. El dueño lo vende a un hombre que lo recoge. El lo vende a otro, y él a otro quien lo lleva a Bombay, donde se vende a un comerciante quien lo lleva a Inglaterra, donde se vende a una fábrica que lo hace hilo y lo vende a otra fabrica que lo hace tela. La tela es vendida a un exportador quien lo manda a Bombay, para ser vendida a un comerciante que la vende a un vendedor que la vende en la misma aldea donde vive el dueño de la misma plantación de algodón ... cesante.

Al jugar este juego, las toneladas de algodón son expuestas a los peligros de insectos, hongos, fuego, robo y naufragio, huelgas y vaivenes de mercado, crisis varias y guerras. Para jugarlo también se necesitan miles de kilómetros de ferrocarriles, puertos, muelles, bodegas, oficiales de aduana y policías, cortes y prisiones, oficinas, bancos, bolsas de valores, ejércitos y fusiles, colonias y pueblos en esclavitud, factorías, máquinas y millones de trabajadores que se mantienen siempre al borde de la rebelión.

La economía que corresponde es esta: Que el dueño de la parcela coja una rueda para hilar, y que la dé vuelta y vuelta, hasta que su propia plantación de algodón lo haya vestido a él, a su familia y a todos en su aldea.

Una economía no-violenta, enseñaba Gandhi, era una que no explotaba a nadie. Es una en la cual nadie toma más que puede utilizar, porque si tomara en exceso en efecto lo estarían robando de otra persona. ‘Es una ley fundamental de la naturaleza,’ escribió, ‘que la naturaleza produce suficiente para satisfacer nuestras necesidades de día a día; y si tan solo cada persona tomara lo suficiente para sus necesidades y nada más, no existiría pobreza en este mundo.’

De haber existido una crisis ambiental en tiempos de Gandhi, queda poca duda cuál habría sido su respuesta. Habría hecho un llamado para un cambio en el estilo de vida tan extravagante de occidente. También habría llamado a todos a dejar de ser cómplices al apoyarlo pasivamente. Por ejemplo, la manera de vencer el poderío de la industria británica en la India era dejar de participar en su economía explotativa y derrochadora. El símbolo de este retiro era la rueda de hilar. El mismo operaba una rueda de hilar durante una hora al día, donde fuera que viajaba, y esperaba que todos a su alrededor hicieran lo mismo. En esa hora cada día, si todos lo hicieran, la India entera podría librarse de la tiranía del comercio de los molinos de algodón, que crearon tanta dependencia y desempleo de millones en la India.

Gandhi creía que, como consumidores, todos los miembros de la sociedad tenemos el poder de influir en las fuerzas que aparentemente parecen dominarnos. Por ello llamaba a boicotear los bienes extranjeros, especialmente las telas, y pidió a los abogados dejar las cortes, los estudiantes dejar sus colegios, y los funcionarios públicos a dejar sus puestos.

Esta filosofía, en esta época moderna, nos llamaría a todos a dejar de apoyar la economía industrial – responsable de tanta contaminación y devastación de recursos naturales de la tierra – por medio del retiro de nuestra cooperación con ella. Dejo al lector reflexionar sobre las posibles consecuencias de tales medidas.

Nadie puede negar que la industrialización y sus consecuencias nos ha llevado a la crisis que actualmente enfrentamos. Gandhi lo preveía. Veía a la máquina con una profunda suspicacia, como atestiguan estas palabras escritas en 1909:

La máquina ha comenzado a devastar Europa. La ruina acecha a las puertas de Inglaterra. La maquinaria es el símbolo mayor de la civilización moderna, y representa su pecado máximo.

En la India los ferrocarriles han aumentado las hambrunas, pues debido a la facilidad de envío la gente puede mandar sus granos donde los mercados pagan más. Al despreocuparse por la gente, aumenta la presión de la hambruna. Así los ferrocarriles acentúan el lado menos generoso del ser humano …’

La mayor razón por evitar la mecanización era que crea el desempleo. Gandhi decía que no tenía nada en contra de la máquina en sí; después de todo, el cuerpo humano es una máquina exquisita. Algunas máquinas, como la rueda de hilar o carretilla, son buenas porque extienden el poder de la mano humana. Mientras la máquina queda al servicio de la mano humana, y que la misma mano la energiza, puede ser valiosa. ‘Lo que rechazo,’ decía, ‘es la locura por lo que llaman máquinas que ahorran trabajo. La gente se dedica a ‘ahorrar trabajo’ hasta que miles quedan cesantes y mueren de hambre en las calles. Yo quisiera ahorrar tiempo y trabajo, no para una pequeña fracción de la humanidad, sino que para todos. Quiero ver la riqueza concentrada, no en las manos de unos pocos, sino en las manos de todos. Hoy en día la maquinaria industrial solo permite a unas pocas personas montarse sobre las espaldas de todos.’

Era esta tendencia de la industrialización, de concentrar el poder y la riqueza en manos de una elite de poca gente, que Gandhi veía como el mayor peligro. Significaba el fin de la economía ancestral de las aldeas indias, pues les quitaba al individuo y a la comunidad la manera de controlar su propia manera de vivir la vida. Ahora, casi 80 años después que haya escrito estas palabras, podemos ver como la concentración de la producción y el capital en una ínfima minoría del mundo, mayormente en occidente, ha significado el desmembramiento de estilos de vida tradicionales en todos los rincones del mundo – maneras de vivir que habían mantenido un equilibrio orgánico con la naturaleza y habían dejado huellas que impactaban de manera livianísima sobre la tierra.

La respuesta de Gandhi a esta amenaza era, resucitar las aldeas de la India. En 1924 comenzó su movimiento para transformar las aldeas indias de ‘chicleros’ en asentamientos ideales. ‘India vive en sus aldeas’, declaraba. ‘La aldea debería ser el hogar de pequeñas industrias y artesanías, y la principal producción debería ser de khadi o tela fabricada artesanalmente de algodón. Además, la confección a mano de harinas, especias, jabones, fósforos, cueros, aceites y muchos otros productos.’ Enfatizaba la necesidad de que toda la población participara con su apoyo:

‘Todos deberían verlo como cosa de honor emplear solo artículos producidos en la aldea en todo momento y lugar en que sea posible. Dada la demanda, no hay duda que la mayoría de nuestras necesidades pueden ser surtidas por la aldea. Cuando empezamos a tener una mentalidad aldeana, no precisaremos de las imitaciones de occidente, o productos hechos a máquina.’

La aldea ideal reciclaría todos los desechos orgánicos humanos y animales en la manera tradicional local. Las chozas, construidas de materiales accesibles en un radio de unos pocos kilómetros, serían luminosas y bien ventiladas. Tendrían patios donde las familias podrían plantar verduras y cuidar sus vacas. Los caminos y callejones estarían limpios y libres de polvo. Habría pozos suficientes accesibles a todo el mundo. Habría lugares para ceremonias espirituales, un terreno común para talaje de animales, una lechería comunal, escuelas primarias y secundarias dedicadas a enseñar habilidades prácticas para la artesanía y la pequeña industria. Tendría su propia pancayat (cuerpo de cinco personas mayores) para dirimir conflictos. Por último, produciría su propia leche, granos, verduras, frutas y khadi. Así era la aldea ideal de Gandhi.

Su concepto de la auto-suficiencia extendía hasta incluir la gobernabilidad, ya que solo la comunidad local era capaz de comprender sus necesidades reales y solucionar sus problemas, desde las necesidades económicas más simples hasta las cuestiones de orden y legalidad. Se oponía a la centralización del poder que lo haría distanciarse de las aldeas. El objetivo debería ser la casi total auto-suficiencia. Los únicos asuntos que necesitarían de un gobierno central serían aquellos cuya escala era mayor a la capacidad de la aldea de abarcarlos.

‘Visualizo obras eléctricas, astilleros, maestranzas e industrias similares operando al lado de las artesanías aldeanas. Mas el orden de dependencia será invertida. Hasta ahora la industrialización ha sido planificada de manera que ha destruido la aldea y sus artesanías. En el estado del futuro, servirá los intereses de las aldeas y sus artesanías. Nada será producido en la ciudad que puede ser producida en las aldeas. La función correcta de la ciudad es servir de punto de distribución y venta de productos de la aldea.’

Deseaba que la gente viviera en comunidades que reflejaban el tamaño y padrones de pensamiento del ser humano – comunidades lo suficientemente pequeños para permitir un auténtico auto-gobierno y repartición de responsabilidades. Cada comunidad debería ser unida con otras y formar una unidad más grande – mas no tan grande como para tentar a nadie a abusar el poder por tener demasiado. Mientras más grande sea un grupo democrático, menos se escuchan las voces de individuos o grupos locales a la hora de tomar decisiones, razón por la cual se pondrían límites al tamaño de los grupos regionales.

Cuando se le preguntaba como comenzar la transformación que buscaba, Gandhi aconsejaba que la persona debería comenzar consigo mismo. Tras indicar como fabricar un cepillo de dientes tradicional empleando un palito, comentó:

El principiante … encontrará que estos cepillos son más baratos y mucho más higiénicos que los fabricados artificialmente. Uno reemplaza el polvo dentífrico fabricado en la ciudad con cantidades iguales de ceniza fina y sal limpia. También reemplaza la tela hecha a máquina con khadi fabricada en la aldea, arroz de fábrica con arroz sin pulir, y azucar blanco con melaza sin refinar.

Esta visión del auto-desarrollo como requisito previo necesario para mejorar la comunidad y sociedad, se fundaba en la férrea convicción de Gandhi de la santidad del ser humano. Esta convicción se extendía a la vida animal, como él explicaba en relación a la vaca:

Una característica del hinduismo es la protección de la vaca. Es para mí uno de los fenómenos más maravillosos de la evolución humana, pues lleva al ser humano más allá de su propia especie. La vaca para mí encarna todo el mundo sub-humano. Por medio de la vaca, se le encomienda al ser humano darse cuenta de su identidad con todo lo que vive. Me parece obvia la razón de elegir la vaca para esta apoteosis. En la India era la mejor compañera, pues daba plenitud. No solo brindaba leche, sino hacía posible la agricultura. La vaca es una poesía de compasión, y uno siente la compasión en este dócil animal. Es madre de millones de humanos en la India. Su protección significa la de toda la creación de Dios. El atractivo de este nivel de vida inferior es tanto más potente por ser mudo. La protección de la vaca es el obsequio del hinduismo al mundo.`

Sentimientos como estos lo motivó a observar, ‘Una sociedad puede ser apreciada por la manera en que trata a sus animales.’

En la larga y agitada lucha por la independencia de la India, Gandhi se vio enfrentado por muchísimos reveses. Frecuentemente fue encarcelado por los ingleses durante períodos prolongados. Realizó 18 ayunos de protesta, principalmente por los actos de su pueblo, y muchas veces se vio decepcionado. Sin embargo, desde 1919 hasta la independencia en 1947, fue uno de los máximos líderes espirituales y populares, que brindaba propósito y dirección. ¿Qué pasó, entonces, con sus anhelos e ideales para con su amada India? ¿Porqué nunca llegaron a ponerse en práctica? Después de que indicara tan claramente lo que precisaba el país y el camino a seguir, y de haberlo llevado a la puerta de la independencia, porqué permanecen sus problemas de pobreza, inequidad e injusticia, ahora tan grandes como entonces? Trágicamente, debemos sumar a estos problemas ahora todos los efectos de la degradación ambiental que sobrevino luego de la industrialización tan entusiastamente desarrollada después de la independencia – la contaminación de aguas y aire, la deforestación, la desertificación, las inundaciones y otros desastres ambientales.

Con el fin de contestar estas preguntas, es preciso explicar el mayor temor de Gandhi. Siempre había sostenido que la independencia real no quedaba en librarse del dominio inglés. Quedaba en librarse de la cultura británica y su modo de vida industrial, en re-establecer la cultura tradicional basada en la aldea, que él había luchado por promover. Veía que el destino de la India debía ser distinto del de occidente.

‘Siento que la misión de India es diferente de la de otros. Le corresponde a India el liderazgo espiritual del mundo. No existen paralelos en el mundo del proceso voluntario de purificación experimentado por la India. India es la tierra del deber, no la del disfrute.’

Como consecuencia de ello, preveía el desastre si India tratara de imitar o competir con occidente. ‘La civilización europea sin duda le viene bien a Europa, pero será ruinosa en la India si tratamos de copiarla.’ Después de la independencia Gandhi, desesperanzado por la partición del país, se retiró completamente de toda participación en el ambiente político. Tenía 79 años y era un hombre decepcionado. Veía suceder exactamente lo que más temía. Sentía que lo único que había cambiado en India era que en el palacio imperial ahora vivían indios y no ingleses, pero que la cultura había permanecido igual.

El nuevo primer ministro de India, Nehru, había sido un seguidor cercano y admirador de Gandhi, pero ya en 1921 había confesado:

‘Pocos en el partido Congresista aceptábamos las ideas de Gandhi sobre maquinaria y la civilización moderna. Pensábamos que incluso él las veía como utópicas y poco relevantes a la realidad moderna. Por cierto, la mayoría de nosotros rehusamos rechazar los logros de la civilización moderna, aunque podríamos creer posible alguna adaptación a las condiciones de la India. Personalmente, siempre me he sentido atraído por las maquinarias grandes y la rapidez en el viajar.’

Al parecer, ninguno de los nuevos líderes políticos se disponía a tomar en serio la visión de Gandhi de una sociedad apacible y rural. Por el contrario, ahora que tenían el poder de gobernar, querían industrializar la India y hacer que llegara a ser un poder económico mundial. Lo que sucedió entonces es historia conocida. Durante 40 años India ha llegado a ser la mayor potencia industrial y militar en la Asia suroriental. En téminos humanos, el precio de este aparente éxito ha sido enorme. Su población ha más que duplicado, y con ello la cantidad de pobres. Su tierra, sus aldeas y su gente han sido arruinados.

En 1948, el año después de la independencia, Gandhi fue asesinado por un fanático hindú que rechazaba su pacifismo. Dejó tras sí lo que ahora parece ser solo un sueño de lo que podría haber existido. Quizás su epitafio podría ser este:

‘Creo que si India, y por su medio, el mundo, desea lograr la verdadera libertad, tarde o temprano tendremos que ir a vivir en las aldeas – en chozas, no en palacios. Millones de personas no pueden jamás vivir en ciudades y palacios en comodidad y paz. Tampoco lo pueden hacer por medio de matar, por vivir con violencia y mentiras. No tengo la más mínima duda que sin practicar la honestidad y la no-violencia, el ser humano estará perdido.’

Es notable que Gandhi, que vivía en un lugar tan remoto del mundo moderno, y cuya vida había terminado a mediados del siglo 20, tenga tanto que decirnos hoy.

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