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HINDUISMO Y ECOLOGIA

CAPITULO 10. TREES FOR LIFE

“¡O, rey de los árboles! Me postro ante ti. Brahma se encuentra en tus raíces, Vishnu está en tu cuerpo, Shiva está en tus ramas. En cada una de tus hojas mora un ser divino.”

Entre la nueva ola de emprendimientos ambientales no-gubernamentales de la India, TREES FOR LIFE (Arboles por la Vida) es un ejemplo sobresaliente de un intento de incorporar valores espirituales profundos en un proyecto práctico medioambiental. La organización fue fundada en 1987 por Balbir Mathur, un dinámico hombre de negocios residente en Norteamérica. Vale la pena relatar la historia de cómo él fue impulsado a dejar el mundo competitivo de la administración de negocios por la plantación de árboles.

Mathur nació y se crió en Allahabad, India, en un hogar hindú. Su padre era militar, y asistió a un colegio británico conducido por misioneros católicos. Como tantos otros de su generación, creció con un complejo de inferioridad respecto de su cultura madre. Recuerda, “Fui educado para creer que la espiritualidad de la India era pura oscuridad destinada al olvido. Yo quería ser como los británicos, quienes ostentaban tanto poder. Qué cosa los hacía tan poderosos, y nosotros tan débiles?” Deseoso de deshacerse de lo que él veía como la apatía que había heredado de su ambiente hindú, juró descubrir el secreto del dinamismo Occidental. Eventualmente la búsqueda lo llevó a Norteamérica en la década del 50, donde se casó con una joven norteamericana y se estableció como un exitoso asesor en manejo de negocios. Su ambición era traer su expertizaje de regreso a la India. “Quería desesperadamente volver a establecer la autoestima de la India ahora que había logrado su independencia,” recuerda, pero primero me tenía que hacer mas norteamericano que los norteamericanos, y superarlos en su propia especialidad.”

Encontró el éxito material, pero en 1976 en una visita de regreso a visitar su madre, su vida dio una vuelta inesperada. Mientras estaba en Allahabad, se preparaba el festival religioso más grande del mundo – Kumba Mehla. Sucede cada doce años en la confluencia de los ríos Ganga y Yamuna. Pese a las temperaturas heladas de invierno, varios millones de Hindúes se bañan en las aguas sagradas en el momento de la luna llena. Se dice que las personas que se bañan en ese momento y lugar se liberan de su karma y del ciclo del nacimiento y la muerte.

Para Mathur, el festival representaba una demostración masiva de la superstición hindú, una pérdida de tiempo y una irrelevancia en la India moderna. Además, debido a las densas multitudes y carencia de facilidades higiénicas adecuadas, era un riesgo para la salud y a veces hasta un peligro. Cuando joven, cuando su madre lo había llevado al Kumba Mehla de 1953, había mirado impotente mientras centenares de personas habían muerto aplastados durante un pánico repentino en la muchedumbre. La experiencia había profundizado su escepticismo respecto al hinduismo. En esta oportunidad, sin embargo, el espectáculo de la reunión humana más masiva del mundo lo tenía tan fascinado que decidió intentar que la revista norteamericana National Geographic le diera su auspicio para hacerle un reportaje. De vuelta en Washington, logró convencerlos a que le encargaran la labor a él. Relata:

Dentro de dos semanas estaba de vuelta en la India, en medio del Kumba Mehla con dos fotógrafos. El evento principal sucedió el 19 enero 1977. Yo había estado en pie desde antes del amanecer, dando vueltas entrevistando a toda la gente que podía. Cerca de las siete u ocho de la mañana volví a mi carpa. Apareció un hombre quien me dijo que había un anciano que declaraba tener 350 años de edad! Una de las tradiciones del Kumba Mehla es que los yoguis que normalmente se mantienen ocultos, bajan de las montañas o los bosques y se muestran ante las multitudes. Muchos de ellos sostienen tener poderes especiales, y ahora sé que algunos sin duda sí los tienen, pero muchos son charlatanes quienes solo vienen a disfrutar de la admiración de la gente y a ganar dinero.

Por ello, cuando oí que este Baba decía tener 350 años de edad, no lo creía. Dije, no me vengan con esas tonterías. Pero el hombre quería que lo viera con mis propios ojos. Me desafió diciendo, “Si Ud es periodista de verdad, entonces debe ir a ver este hombre. Es uno de los principales atractivos acá. Lo está descalificando sin verlo – cómo puede ser eso?”

Tenía que responder al desafío. “¿Dónde está este sujeto?”, pregunté, y nos fuimos caminando por unos quince kilómetros de arena a verlo. Por fin cruzamos el Ganga y llegamos a su lugar. Nos concedió una audiencia, pero no me convenció mucho. Pronto comenzó a llover. Pensé en toda esta gente inocente expuesta a la posibilidad de hipotermia. En enero en el Norte de la India hace mucho frío, y estaba lloviendo intensamente. La gente resbalaba, se perdía, sufría accidentes. Olvidé por completo mi reportaje y simplemente comencé a ayudar. Sentía mucha rabia por la poca previsión de toda esa gente supersticiosa que había venido sin ningún preparativo. Cerca de las dos de la tarde se me ocurrió que uno de estos ‘obispos’ hindúes probablemente declararía a la lluvia una bendición de Dios. Así que pensé, “Antes que pase eso, iré a preguntarle a la gente lo que realmente sienten.”

La primera persona a quien me acerqué era un peluquero sentado estilando en la arena anegada. Le pregunté cuanto dinero habría ganado si ni hubiera llovido. Como cien Rupias, dijo. Luego le pregunté cuánto había ganado – como veinte, dijo. Me parecía un asunto decidido. “Bien”, le pregunté, “la lluvia era una cosa buena o mala?” Me dio una mirada completamente vacía. “La lluvia es un acto de Dios, neutral. Cómo puedo decidir si es bueno o malo? Quién soy yo para juzgar un acto de Dios?”

Quedé helado, sin habla. ¡Un peluquero pobre y analfabeto! De alguna manera el significado me penetró, y me di cuenta que este hombre era mi maestro. Fue un momento definitivo en mi vida. Durante las próximas dos horas hablé con 63 personas, y cada una de ellas me dio exactamente la misma respuesta.

Poco después, volví a Nueva Delhi. Tenía una agenda apretada, pero de alguna manera mi consciencia me indicaba que debiera retornar al Mehla. Esta vez fui a descubrir qué le daba a aquel peluquero su fortaleza. Pasé quince días circulando entre la gente conversando con ellos. Me di cuenta que no es Oriente que debe aprender de Occidente, sino Occidente que debe aprender de Oriente.”

Desde ese momento Mathur se interesaba cada vez más en asuntos espirituales. Empezó a explorar y difundir los valores hindúes rechazados en su juventud con la misma energía que había dirigido a la tarea de hacerse un exitoso hombre de negocios al estilo Occidental. Comenzó a practicar Yoga y a ayunar en forma regular. Al mismo tiempo, de regreso en Norteamérica, perdió su sentido de empuje y su negocio comenzaba a fallar. En 1980, después de ayunar seis días, Mathur juró que dedicaría el resto de su vida a combatir el hambre en el mundo por medio de la plantación de árboles frutales.

Balbir Mathur siempre había amado los árboles frutales – no de la manera normal, como técnico o científico de horticultura, sino de una manera más personal y misteriosa. Se sentía atraído por un empatía profunda con ellos. Influenciado por su madre y los valores de su crianza hindú, había absorbido un sentido natural de la dignidad del árbol. Para el Hindú, los árboles merecen el respeto debido a otros seres vivientes, no solo a una fuente de combustible. Especialmente en el calor extremo de la India, la sombra del árbol es bienvenida, y al árbol se le mira como a un amigo.

Cuando niño Balbir a menudo escuchaba a su madre recitar una plegaria popular entre los devotos de Krishna, que compara al árbol a un humilde devoto. Alcanza una edad avanzada erguida muy derecho en calores y fríos extremos, vientos y lluvias, y siempre está dispuesto a brindarles su sombra a los transeúntes. Libremente distribuye sus flores y frutos. Entremedio de sus raíces crecen hierbas medicinales, en sus ramas habitan un sinnúmero de criaturas. Si alguien le corta una rama, se mantiene en silencio sin reclamar. El árbol es el símbolo máximo de tolerancia y generosidad. Es el modelo ideal para ser emulado por todos los devotos de lo Divino.

Un cuento popular de Krishna relata como dos semidioses fueron condenados a permanecer como árboles – como dos árboles Arjuna en el patio del hogar infantil de Krishna en los bosques de Vrindavan. Krishna, con su bello rostro oscuro y pluma de pavo real en su cabello, era Dios mismo jugueteando como niño travieso. Un día, después de que los árboles habían crecido a su tamaño adulto, Krishna jugueteando los derribó, liberando a los dos semidioses de su encarcelamiento. Después de pasar tantos años de castigo como árboles, eran más sabios que antes y se habían purificados todos sus pecados. Le ofrecieron plegarias al Señor Krishna, y volvieron a su morada en el reino celestial. Este cuento subraya la enseñanza hindú que un alma es obligada a entrar en el cuerpo de un árbol como resultado de ser excesivamente sensual. Al vivir como árbol, el alma aprende paciencia y tolerancia, y a veces gran sabiduría. Mientras se encuentra en este trance, el ser vivo que habita el cuerpo del árbol debe ser tratado con ternura y simpatía. Hacer otra cosa sería agregar más sufrimiento a los grandes desafíos que esa alma ya se encuentra enfrentando.

Influenciado por esta sensibilidad espiritual hacia los árboles, y por su propia afinidad interior, Balbir cuando niño ya había experimentado una relación muy cercana con un árbol. Era el limonero que crecía en su jardín. Cada día cogería un limón de aquel árbol para su té. Solía decirle, “Me has brindado tanto amor y alimento … un día cuando soy rico, plantaré miles de limoneros para gente pobre para que ellos también puedan disfrutar de tus bondades.”

Un día sintió como que el árbol le habló. Nunca olvidó ese árbol. “Siempre, durante todos esos años en Norteamérica, este amigo limonero me venía de vuelta, recordándome de mi promesa, “¿Bueno, cuándo lo vas a hacer?”

Así que finalmente Balbir decidió hacer algo. Resolvió comenzar plantando 144 limoneros. De vuelta en la India, contrató un jardinero que le siguiera y plantara un árbol con agua y abono dondequiera que le indicara. Primero se acercó a su madre, y le preguntó, “¿Puedo plantar un árbol al lado de tu casa?” Ella dijo que no, tenía 73 años de edad y quién lo iba a cuidar? Abordó otros parientes y amigos pero todos tenían otros pretextos para no aceptar. Parecía que nadie quería un árbol en su propiedad. “Finalmente, con alguna dificultad, logré encontrar un hogar para algunos de los árboles. Sin embargo mi verdadero deseo era plantarlos por cantidades ilimitadas, pero … ¿cómo iba a lograr que la gente se interesara?”

A Mathur se le ocurrió pedirle al hombre santo local que bendijera los limoneros retoños. A este hombre le visitaban miles de personas a diario. Si el bendijera las plantas, quizás algunos de estos devotos podrían ser convencidos a llevarlas y cuidarlas como una tarea espiritual. Cuando habló con el gurú, recibió un consejo significante.

“Le pedí bendecir mis limoneros. Al principio se mostró renuente. Dijo que el proyecto tendría que ser ‘un acto sin consecuencia alguna’. Si yo actuara de esa manera entonces mi trabajo encontraría éxito. Dijo que al pensar en el beneficio a los demás, pensaría en mi propio beneficio también, y fracasaría. Si tan solo expresara mi alma, el mundo seguiría.”

Mathur arregló que el hombre diera su bendición a 2,500 árboles. De repente, todo el mundo quería uno porque los árboles habían sido bendecidos. Algunos hacían fila un día entero para conseguirse uno. No solo llevaban los árboles a casa, sino que algunos prometieron plantar muchos más también. De este hecho, Mathur entendió que no era suficiente solo pedirle a la gente que plantara árboles, por excelentes que fueran las razones de hacerlo. Tenía que existir otra dimensión, una dimensión espiritual. Era eso que había insinuado el maestro, al decirle que el acto tenía que ser ‘sin consecuencias’. En otras palabras, tenía que ser un acto espiritual, un acto de servicio al Ser Supremo. En la comprensión Hindú, cada acto en este mundo tiene consecuencias, o reacciones. La reacción, sea ésta positiva o negativa, viene como resultado del deseo que motivó el acto original. Si uno hace algún trabajo para beneficio propio, entonces uno debe aceptar la reacción, sea positiva o negativa, como consecuencia dependiente de si la motivación original era positiva o negativa. Obviamente, plantar árboles es un acto benéfico, que trae una reacción, o karma, positiva. Sin embargo, existe una etapa más allá de esto: un acto sin reacción, sin consecuencia. Al realizar un acto de esta naturaleza, no puede existir un apego al resultado exitoso, como es el caso de un acto bueno en el sentido de costumbre, un acto efectuado para ganar una recompensa en este mundo. Este es un acto realizado para el bien divino, el bien universal. Solo tales actos pueden ser libres de karma, y en consecuencia libres de todo egoísmo.

La realización con que Mathur había tropezado era que plantar árboles tenía que ser más que un mero acto positivo, tenía que ser una acción de trascendencia, una que apelaba a la más profunda conciencia espiritual de la gente de la India. Al invocar su sentido subyacente de espiritualidad, Mathur sentía que podía acceder a sus motivaciones más profundas – la misma motivación que los había traído en millones a bañarse en las aguas sagradas en el Kumba Mehla, el anhelo de ser liberados del mundo de nacimiento y muerte.

De esta manera nació el movimiento ‘Trees for Life’.

Durante cinco años Mathur iba visitando las aldeas, averiguando que era lo que quería la gente, cuales eran sus verdaderas necesidades. Como no es de sorprenderse, encontró que verdaderamente querían árboles. Pero se tendrían que cumplir algunas condiciones prácticas antes que apoyarían a un forastero a plantar árboles en sus aldeas. No servía hablarles de los problemas ambientales del mundo entero. Tenían necesidades propias que eran urgentes. Mathur tendría que convertirse en un instrumento capaz de satisfacerlas. Por toda la India existen proyectos de plantar árboles, pero el nivel de éxito es bajísimo – alrededor del 10% de los árboles plantados sobreviven su primer año – debido a la falta de motivación de la gente por cuidarlos. Para que un proyecto tuviera éxito, tenía que ser sencillo, tenía que ser práctico, y tenía que tener relevancia directa a las necesidades de los aldeanos. ‘No es un asunto de árboles, es un asunto de personas,’ dice Mathur.

Lo primero que descubrió Mathur era que la elección de la especie de árbol era clave. Con el fin de que los necesitados aldeanos prestaran atención, el árbol debería ser rápidamente productivo. Su intención había sido siempre plantar frutales, porque eran una fuente segura y real de alimento nutritivo donde más se necesitaba, y a un costo mínimo. Ahora elaboró una lista de condiciones básicas: los árboles tenían que dar fruta nutritiva; tenían que crecer con rapidez y dar fruta en un año; tenían que ser fáciles de cuidar y crecer en suelos pobres; y deberían ser capaces de crecer en espacios reducidos. Para cumplir con estas condiciones, determinó una lista corta de cinco árboles – Limón, papaya, banana, una acacia, y otro frutero nativo.

Su próximo descubrimiento era que convenía tratar con las mujeres de la aldea. Los hombres a menudo trabajaban en la producción de cosechas comerciales, y les resultaba difícil reservar espacio para plantar árboles, por valiosos y nutritivos que éstos fueran. Se encontraban entrampados en la necesidad del dinero para hoy, sin poder pensar en el mañana. Sin embargo, si se le entrega un árbol frutal a la mujer de la familia, para que lo plante fuera de la puerta posterior de la casa, lo vigilará cuidadosamente. Tiene que alimentar a su familia, y la fruta dada del árbol le ayudará en la tarea. Mathur encontró que las mujeres aldeanas se mostraban deseosas de cuidar los árboles que les daba, en forma natural.

Después de un año o dos, toda la familia apreciaría el valor del árbol, y habría establecido una relación con él. Era su árbol, o mejor dicho era parte de la familia, al igual que la vaca que daba leche o el buey que araba los potreros. Al igual que ellos, era preciso cuidarlo a cambio de su servicio.

Mathur desarrolló más lo que había aprendido de aquel maestro quien primero entregaba bendiciones a sus árboles. Le dio a todo el programa un sentido espiritual. Cuando era posible, los árboles estarían bendecidos antes de ser distribuidos, y Mathur personalmente aseguraba siempre que esta tarea tenía significado divino: que cuidar un árbol era un deber sagrado, como siempre enfatizan las escrituras hindúes. Publicó un folleto repleto de citas de las escrituras alabando la nobleza de los árboles y el acto de cuidarlos.

En sus propias palabras;

“Donde fuera posible, distribuimos árboles como prasadam (bendición espiritual), sean de templos gurdwaras o mezquitas, no tiene importancia. Los Occidentales no comprenden esto pero no hace diferencia – el acto de centrar el árbol espiritualmente es muy importante- Los árboles tienen un poder y un lenguaje propio, que no es fácil comunicar. Cuando el maestro bendijo mis limoneros, todas las personas que antes no tenían interés ahora querían uno. Es ese cambio de corazón que se precisa, el mismo cambio que me sucedió a mí cuando escuché al peluquero.”

Finalmente, ahora que las familias ya tienen sus árboles santificados y están recibiendo sus frutas, puede ser que estén dispuestas a ir más allá. La meta de largo plazo de Trees for Life es darle a la gente el gusto por cuidar los árboles, hasta que empiecen a plantar árboles como el mango y guava, los árboles maduros tradicionales de la India, que deberían encontrarse en el corazón de cada aldea, y bordeando todos los caminos. Estos árboles crecen lentamente durante muchos años, y precisan de mucho más compromiso y cuidado cuando son nuevos. Pero son un regalo no solo a una familia, sino a generaciones de aldeanos en el futuro. Este es el objetivo real del programa Trees for Life.

Por 1989, Trees for Life había llegado a ser una amplia red de voluntarios, con una oficina funcionando permanentemente en Delhi. Durante ese año plantaron más de 700,000 árboles en aldeas a través de India. Aquel mismo año Balbir Mathur regresó al Kumba Mehla con Trees for Life, y distribuyó 200,000 retoños a los peregrinos. Mathur cree que el 99% de estos árboles han sido plantados y están siendo cuidados. ‘Podría verse en las caras de la gente cuan bien los iban a cuidar – los tomaban literalmente como a sus bebés, de la misma manera como tomarían prasadam, el alimento sagrado del templo.’

Mientras distribuía los árboles, Balbir también distribuía algunas tarjetas postales, a ser llenadas y devueltas como una manera rústica de encuestar los resultados. Algunos finalmente fueron devueltas con detalles de la fecha y dirección de la plantación. En una se encontraban escritas estas palabras,

“Uds no nos regalaron un árbol, nos regalaron amrita, el néctar celestial.”

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